Pasar a comerse un completo
Por Isidora Díaz
¿Con cuál de los tres te quedas?
Echo de menos pasar a comerme un completo después de cuatro piscolas, bien tarde y con las orejas retumbadas.
O después de un concierto en el teatro de la Chile encontrar lugar en la barra sagrada y descansar la vista en planchas humeantes y delantales color mayonesa.
Después del notario, con el hambre certificada, pasar a pasar las rabias y a alegar contra los notarios, y sin querer engrasar con mayo el mandato, la transferencia del vehículo, la carta de renuncia.
Pasar después del velorio, para matar ese apetito descomunal que sólo sabe dar la pelá -toquemos madera-.
Echo de menos no planificar, no mirar el reloj, no esperar mesa, no pedir un completo de delivery que llega frío y con la palta en la nuca del motorista que va hambriao el pobre.
Echo de menos pasar. Porque una no “va” a comerse un completo; en realidad una “pasa” a comerse un completo, un día cualquiera, a propósito de nada.
Una lo pide, trata de no mancharse, se hidrata con pilsen, fanshop, leche con plátano o té, arruga la servilletita en el completero, paga, agradece y se va.
Después una reflexiona muy brevemente si el completo estuvo bueno o estuvo ahí no más. Si estuvo bueno, incluso se arregla el resto del día.
¿Cuando será que se podrá volver a pasar por un completo?
Sólo cuando eso ocurra, sabremos con certeza que la pandemia acabó.
¡Feliz día del completo!